lunes, 8 de septiembre de 2008

Un rincón, ellas dos

A veces pienso que los años, a medida que van pasando, nos van haciendo mas parecidos a nuestros padres. Distraído, en una charla casual, me veo haciendo los mismos gestos que mi viejo al hablar. O levantando la ceja izquierda como mi vieja. Y la veo a ella y la encuentro más parecida a mi abuela; en sus humores (buenos y malos), en su corazón enorme y bondadoso, y en sus manos, que cada vez son más suaves y grandes, tal como eran las de mi abuela. Y de golpe, un día, aparece mi vieja en mi casa con la antigua máquina de coser que fuera de su propia madre, costurera de años, mirándola con una mezcla de nostalgia, amargura y entusiasmo. La vieja Singer eléctrica, de sublime aparición por la casa de mi abuela a mediados de los ochenta, estaba intacta a pesar de sus plásticos amarillentos y tres años de soledad forzada. Durante ese tiempo descansó en su mesa de antaño, huérfana de la mano virtuosa de su dueña, que le había dicho adiós una tarde de febrero.

Ahora es mi madre la que intenta domesticarla, amoldarla a sus propias manos, darle el pulso veloz y certero a cada puntada como ayer. Entonces se sienta en un rincón de la casa y yo la veo de perfil y es tan igual a mi abuela… es como volver a ser el nene que pasaba las tardes en su casa, como entrar a su cocina luminosa y verla mientras cosía, uniéndolo todo con una gracia única, dibujando piruetas sobre la tela.

Y pasan los días y la novata costurera de pronto inventa una cartera de tela verde que luce mi hermana con orgullo de hija; y luego un cubre cama enorme y una costura perfecta a un pantalón que estaba hecho harapos... Y no hay dudas de que la magia de la dueña de la Singer germinó, año tras año, en la novata costurera que hoy va cicatrizando el dolor con las creaciones de una galera que no dejara jamás de sacar conejos. Y no hay duda tampoco de que en algún punto, cuando no sabia ni por donde empezar, ella cerro los ojos y la vio, le tomo la mano y juntas se rieron de esa muerte absurda y apresurada y pusieron a la vieja maquina de coser como el punto de encuentro diario para las dos, ese legado familiar construido a base de hilo, telas y magia que dio el primer salto generacional y que ya no se detendrá.

2 comentarios:

Javier dijo...

emotivo! muy buen relato.

yo le usaba la singer (no-eléctrica) a mi abuela (y tambien la de mi vieja) para jugar al colectivero. Ese plato giratorio era un volante muy tentador para un ninio de 6 años...

el problema era que esa rueda que hacía las veces de volante movía el enorme pedal (mi asiento) y en cada volantazo yo iba al piso :S

norber dijo...

jaja, yo tambien le usaba la
no-electrica a mi abuela!!. Ella tenia la electrica que ahora tiene mi vieja y esa otra y cuando era chico hacia como vos, me metia abajo y hacia que manejaba un auto... y tambien terminaba en el piso jejeje

abrazo!